¿Por qué se odian mutuamente Irán y Arabia Saudí?

La muerte de un influyente religioso chií en Arabia Saudí condenado por terrorismo pese a las exigencias de Irán ha desatado un conflicto que ya estaba latente desde hacía décadas entre los dos grandes países de Oriente Medio.

Los dos macroestados siguen desplegando sus fuerzas de espionaje e incluso militares en varios países de importancia geopolítica de la zona como Siria, Yemen e Irak.

La encarnizada porfía entre Riad y Teherán es un enfrentamiento de divisiones interconectado con la ebullición religiosa – el 95% de los 29 millones de residentes de Arabia Saudí son árabes suníes; el 89% de los 78 millones de Irán, islámicos chiíes -, aunque cuyos alegatos reales tienen mucho más que reparar con la lucha por ganar el término geopolítico de la zona.

La muerte de Al Nimr fue vista en Irán como una bravuconada. Tan solo unas horas seguidamente de que se diera, conjuntos de manifestantes incendiaron la delegación saudí en Teherán clamando revancha, y, pese a que el Gobierno iraní condenó el golpe, Arabia Saudí respondió rompiendo conexiones diplomáticas con Irán. En los días siguientes lo hicieron Sudán, Bahréin, Yibuti y Somalia, mientras tanto que los Emiratos Árabes Unidos reducían sus ósculos con Teherán, y Catar y Kuwait llamaban a consultas a los comisionados iraníes.

Esta última explosión es, de cualquier manera, la escenificación política de un aprieto que lleva años dirimiéndose a las orillas de ambos países, en desavenencias subsidiarias donde ambos macroestados están desempeñando un papel contundente, apoyando a sus respectivas facciones.

No parece que vaya a darse un enfrentamiento marcial entre Irán y Arabia Saudí, que tendría espantosas consecuencias para los dos con el remanente para sus vecinos. No parece plausible. Los dos macroestados tienen demasiado que perder y de otro lado la compteción por convertirse en la potencia hegemónica en Medio Oriente se da ahora en los escenarios de Siria, Yemen e Irak. El agobio es que este enfrentamiento indirecto puede terminar resultando en algo terrible.

Descartada la antigua creencia de  mahometanos contra persas, la seducción contemporánea, alentada por el ajuste también simplificador de exuberantes recursos de información, es atribuir todas estas explosiones a un enfrentamiento religioso, o sectario, entre suníes y chiíes, en una lucha que se habría ido produciendo “durante siglos”, y a la que se acude a cada oportunidad más a la hora de detallar todos y cada uno de los enconos de Oriente Medio, con la típica historia del palestino-israelí.

La realidad, no obstante, es bastante más compleja, y tiene como fondo principal el hábito que los otorgamientos políticos han ejecutado y siguen haciendo de esa porfía religiosa, invocando guiones sectaristas para explicar cicaterías tácticas. La agitación sectaria, ciertamente, existe y juega un papel indiscutible en los múltiples tablados de antipatía que padece la zona, no obstante es el continuo embargo identitario que supone la conveniencia de esa agitación como sujeto excluyente lo que la ha encolerizado incluso hasta sus incendiarios grados actuales.

Tampoco es cierto además que suníes y chiíes hayan estado masacrándose mutuamente desde la escisión que hubo entre ellos a la muerte de Mahoma. Ambos grupos han rotado tiempos de gran conflictividad con largas épocas de convivencia más o a salvo apacible, y han adjuntado objetivos e réditos (dos canones representativos: el califato turco, de calidad suní, obtuvo el señal de importantes concilios chiíes a arranques del siglo Xx; y durante la disputa entre Irán e Irak —1980-1988—, abundantes chiíes iraquíes combatieron al costado de Bagdad, anteponiendo la identificación nacional a la religiosa o compartiendo con sus compatriotas suníes su talante de afectadas obligadas a combatir por el régimen de Sadam Husein.

Después de doce años de enfrentamientos, el arreglo sustancial alcanzado finalmente el pasado 14 de julio entre Irán y EEUU, Rusia, China, Reino Unido, Francia y Alemania, permitió el comienzo de la vuelta de Teherán al marco político internacional, y supondrá, con el sucesivo levantamiento de las condenas económicas, un alto financiero para el territorio de los ayatolás.

Arabia Saudí se opuso al acuerdo e Irán la acusó ante todo Oriente y el mundo islámico de aliarse con el mayor enemigo de suníes y chiíes: Israel. Mientras el régimen de los Saúd teme que al integrarse Irán en el mundo económico Arabia acabe desplazada de sus aliados históricos, sobre todo Reino Unido y Estados Unidos.

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies